Cuando Anna Font nació, lo primero que vió fue la luz y el color al filtrarse por los vitrales de la Torre Bellasguard. Un edificio que concibió Gaudí para que la claridad cayese, silenciosa, sobre el suelo de todos los rincones de la casa y que en ese tiempo alojaba una clínica en la que su madre dió a luz. Anna nació con la curiosidad que obliga a algunos recién nacidos a llegar con los ojos abiertos y expectantes a la vida.

Años más tarde, cuando cayó en sus manos un libro que reproducía la obra de Dalí, la niña Anna recordaria el día de su nacimiento. No lo recordó nítidamente, no volvió a ver la luz ni el suelo de baldosas haciendo mosaicos de colores, pero cada una de las células de su cuerpo lo sintieron al unísono. Y fue así como la niña Anna decidió buscar esa luz y reproducirla, la luz y el color de su ciudad, la luz y el color del mediterráneo.

Si miras sus sedas, puedes descubrir que detrás de cada una de sus obras se mueve la misma mano enamorada de Barcelona que vive del pincel de sus artistas para arrancarle caricias a la Catedral, a la Casa Batlló, a la Pedrera… Tal vez radique en eso el genio: en dejarse llevar, en hacer parecer simple lo complejo, en dejar las propias huellas en el lugar que uno ama y con el lenguaje que a uno le pertenece.